La forma de vivir en familia ha cambiado, porque hoy hablar de familia ya no remite solo a un modelo tradicional: existen familias monoparentales, reconstituidas, jóvenes profesionistas que comparten hogar, parejas sin hijos, adultos mayores que viven acompañados, familias multigeneracionales y muchas otras dinámicas que reflejan la diversidad social actual. De hecho, especialistas y organismos han identificado hasta 11 distintos tipos de estructuras familiares que conviven en las ciudades contemporáneas.
Sin embargo, aunque las formas cambien, hay algo que permanece igual: todas buscan bienestar, seguridad, estabilidad y calidad de vida.
En ese contexto, la Ciudad de México también está evolucionando. La verticalidad ya no responde a una necesidad urbana o arquitectónica, representa una nueva manera de construir comunidad y de entender cómo queremos vivir en una de las ciudades más grandes y dinámicas del mundo.
Durante muchos años, el crecimiento horizontal obligó a miles de familias a desplazarse largas distancias para trabajar, estudiar o acceder a servicios básicos; el resultado fue una ciudad más extensa, con menos tiempo para convivir y mayores niveles de estrés cotidiano. Hoy, las nuevas generaciones valoran algo distinto: cercanía.
La ubicación estratégica se ha convertido en un factor importante al momento de elegir dónde vivir. Tener acceso a corredores corporativos, escuelas, hospitales, centros culturales, espacios recreativos y opciones de movilidad ya no es un lujo aspiracional, sino una necesidad que impacta directamente en la calidad de vida familiar.
La verticalidad ha permitido precisamente eso: aprovechar mejor el espacio urbano para acercar a las personas a lo que realmente importa.
En zonas emblemáticas como Paseo de la Reforma, este fenómeno ha cobrado especial relevancia. Vivir en un entorno conectado significa recuperar tiempo, reducir traslados y generar un equilibrio más saludable entre la vida personal y profesional.
Otro de los grandes cambios que ha impulsado la vivienda vertical es la manera en que las familias entienden el hogar. Antes, muchas actividades requerían salir del entorno residencial: ejercitarse, convivir, trabajar, descansar o incluso encontrar espacios seguros para niñas y niños. Hoy, los desarrollos verticales contemporáneos buscan integrar experiencias completas dentro y alrededor del propio proyecto.
Las amenidades dejaron de ser un elemento accesorio para convertirse en espacios que favorecen el bienestar físico, emocional y social de quienes habitan un edificio.
Áreas verdes, gimnasios, espacios de coworking, terrazas, zonas recreativas o jardines elevados permiten que las familias encuentren momentos de convivencia y equilibrio sin alejarse de casa. Esto cobra todavía más relevancia en una ciudad acelerada como la CDMX, donde el tiempo compartido se ha vuelto uno de los activos más valiosos.
Pero el bienestar no termina dentro del desarrollo. También importa lo que sucede afuera: parques, restaurantes, oferta cultural, conectividad y espacios públicos que complementen el estilo de vida de las personas.
La conversación sobre verticalización muchas veces se centra en cifras, densidad o crecimiento urbano. Sin embargo, el verdadero valor de este modelo está en cómo transforma la experiencia humana de vivir la ciudad.
Las familias buscan entornos más seguros, eficientes y conectados, pero también espacios que les permitan construir recuerdos, compartir tiempo y mejorar su calidad de vida. Por ello, los proyectos residenciales contemporáneos han comenzado a diseñarse desde una perspectiva más integral: no solo pensando en metros cuadrados, sino en bienestar, funcionalidad y comunidad.
En este sentido, desarrollos como University Tower® reflejan cómo la arquitectura vertical puede integrarse a las nuevas necesidades urbanas y familiares. Más allá de representar innovación, proyectos de este tipo responden a una tendencia global: crear espacios que conecten ubicación, diseño, movilidad y calidad de vida en un mismo lugar.
La CDMX enfrenta grandes retos urbanos: movilidad, crecimiento poblacional, sostenibilidad y acceso a vivienda bien ubicada. Frente a ello, la verticalidad aparece como una solución que no solo optimiza el uso del espacio, sino que también redefine la manera en que las personas habitan la ciudad. Y quizá ahí está la transformación más importante: entender que el hogar ya no es el lugar donde se duerme, sino el espacio donde se construye bienestar.
En el marco del Día Internacional de las Familias, vale la pena reflexionar sobre cómo las ciudades y la vivienda están evolucionando junto con las personas, porque todas las familias comparten el deseo de vivir mejor, sentirse conectadas y encontrar un lugar donde realmente puedan crecer.